Los que lleven tiempo leyéndome, suelen acceder, grosso modo, a tres tipos de aportaciones, unas podrían denominarse reflexiones, tras la variada lectura que suelo acometer a diario, en su mayoría de procedencia anglosajona, otras entrarían en el terreno de las conclusiones, a partir de experimentos o muestreos estadísticos, que emergen tras alguna osada elucubración fruto, unas veces de las ideas que me aporta la creatividad intelectual de los oriundos de habla inglesa, otras, las menos, de mi propia iniciativa. La tercera vía que empleo, para trasladarles escenarios posibles, podría denominarla generación de conjeturas, siempre desde el convencimiento de lo imprevisible del futuro y de lo imposible que resulta predecirlo. Desde este enfoque, esta tercera vía requiere la refutación, lo más inmediata posible, de las conjeturas lanzadas. Esta obligación intelectual y procedimental me llevó hace tiempo a ir descartando algunas de las metodologías de que disponía y a ir afianzando y fraguando un corpus metodológico ajustado a mis requerimientos y necesidades. Mis lectores veteranos (no por su edad sino por el tiempo que llevan desmenuzando mis escritos) ya deben haberse forjado una semblanza ceñida sobre mis puntos fuertes (en que entornos aporto valor) y de las servidumbres, prejuicios y preconceptos, que como todo humano albergo inevitablemente.
Los lectores noveles, recién llegados al regazo de estas epístolas, cuentan con la ventaja imponderable de Internet. Desde el punto de vista de un modesto escribano, hace unos años, era prácticamente imposible alcanzar repercusión mediática ya que eran unos cuantos elegidos (generalmente muy ortodoxos) los que disponían de espacio físico para trasladar la narración de lo que interpretaban había acontecido. Eso está cambiando, como bien ha comprendido Chris Anderson con su libro “la economía long tail”, Internet, además de propiciar la concentración, un ejemplo es Google, confirmando como la inmensa mayoría de usuarios visitan unos pocos sitios, también permite que las personas que disponen de una especialidad técnica encuentren un público pequeño, fiel y estable. La Red está favoreciendo la diversidad y como bien ha demostrado Scott Page en un libro titulado “Cognitive diversity: how our individual differences produce collective benefits”, la resolución de problemas se ve favorecida por la diversidad cognitiva. La globalización y la Red no evitan que el mundo siga siendo complejo para el pequeño, aunque se está trasformando en extremadamente indómito para los que tenían una posición dominante. Ahora existe una extensa trama de sencillos y anónimos divulgadores que controlan, colectivamente, un amplio reducto de la cultura y los servicios de elevado valor añadido, debido a las subespecialidades que medran gracias a Internet. Es mi caso, con un coste económico discreto, el escaparate que ofrece la Red me permite propalar a los cuatro vientos reflexiones y conjeturas, que antaño, solo habría podido difundir en un entorno próximo.
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