No seré el último en entonar lamentos y quejas por la actuación tan lamentable y viciada de nuestros próceres políticos y económicos. Es un mal muy extendido por todo el orbe aunque no pondría en duda que hasta incluso ellos pudieran creer que están obrando de la manera más adecuada, también el efecto manada juega aquí un papel primordial, siendo pocos los que escapan al arrastre intelectual y mediático de las modas financieras, generalmente orquestadas desde el mundo anglosajón.Las servidumbres del ser humano, por su devenir evolutivo (nuestras herramientas intuitivas están adaptadas a entornos en los que la información viajaba a una velocidad infinitamente inferior a la actual), aderezadas con la necesidad de convivir con certezas, con historias que encadenen los acontecimientos y excesivamente dependientes de escuchar causas simples y concretas,
y por último, sazonadas con el recidivante error de emplear las ciencias menos exactas como paradigmas sobre los que edificar el vital entramado socioeconómico que nos sustenta, sumergen al ciudadano de a pie en un entorno complejísimo, multivariante y con destellos de cierto parasitismo por parte de las elites financieras. Cierto que en las sociedades occidentales el libre albedrío es un hecho, aunque parece que está muy limitado y dirigido, en una relación que bien podría ser objeto de estudio por parte de los parasitólogos en lugar de por los economistas. Nosotros como hospedador, medramos hasta donde nos dejan y periódicamente sufrimos recaídas y catarsis por la excesiva presión a la que se aplican las elites. Al igual que en el ámbito biológico, los parásitos menos inocuos pueden abocar al hospedador a no sobrevivir, al desastre.
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